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Relatos australes | Por Hernán Ruy Lucero

Escuchá este relato en su versión audiocuento


La cronología de una internación en tiempo real nos prepara minuciosamente para la intrusión de lo raro e inusual

Día uno

11:15
Estoy acostado en una cama de hospital. Entra un hombre muy gordo y me dice: ¿dónde está tu hija?

11:20
El hombre gordo me cuenta de un viaje que hicimos hace mucho tiempo, y de un accidente de ruta con muertos y lluvia. Parece que hay algo en la almohada, al lado de mi cabeza, porque mira con expresión de asco y toca el llamador.

11:30
Siento un olor intenso a desinfectante y a la grasa de las ruedas del carrito de curaciones.

15:45
Ahora también hay una mujer en la habitación. No la conozco. El hombre gordo conversa con ella. Yo sonrío. La mujer se dirige a mí llamándome “Santiago”. Yo no me llamo así.

Día dos

11:35
Otro día. Acaba de entrar una niña de unos diez años. La niña mira hacia el costado de mi cama. Ahí hay una mujer. La niña se le acerca y le dice algo al oído. Se acerca a la salida y, antes de salir de la habitación, me observa desde la puerta. Tiene los ojos brillosos. Cierra la puerta.

19:00
Atardecer. Ronquido suave. Al lado de mi cama hay otra cama que antes no estaba. En ella está acostada una mujer. Entiendo que es mi pareja. Está tapada entera hasta la cabeza. Alcanzo a ver un par de mechones castaños que asoman por fuera de las sábanas. Las luces de la habitación están apagadas. Estuve durmiendo hasta hace unos minutos.

Día tres

6:00
Escucho pájaros. Ahora un escape de un auto muy a lo lejos. Podría ser domingo. De pronto siento un escalofrío por todo el cuerpo. Tengo miedo de que los recuerdos del hombre gordo y de la nena sean vestigios de un sueño.

6:35
No recuerdo la cara de la mujer que antes estuvo en esta habitación. Creo que era mi pareja. El horror de una cara extraña en una persona conocida. Estoy solo y la cama que estaba al lado de la mía ya no está. Me gustaría poder distraerme, al menos hasta que amanezca del todo. Quizás una enfermera entre antes de que termine de salir el sol. Hay un soporte de la televisión anclado a la pared que no tiene una pantalla sino una radio vieja, similar a una radio de onda corta que usaba mi abuelo.

15:10
Alguien ha dejado un aparato con ruedas que no reconozco al lado de mi cama.

20:05
El soporte de televisión despintado empotrado en la pared arruina el decorado de la habitación. Un avión pasa por arriba nuestro y siento el olor familiar del combustible. Tengo recuerdos de distintos modelos de aviones de pasajeros y logos de compañías aéreas. Si bien esas imágenes mentales podrían ser de una película o de un documental sobre aviones, la sensación en la nariz me dice que he estado ahí. El olor a combustible debe ser de algún producto químico que usan en la clínica.

Día cuatro

11:00
Ya no hay imágenes del pasado, quizás por la droga. No recuerdo haber entrado al edificio. Tampoco recuerdo haber ido al baño, y no veo cerca ninguno de esos orinales de plástico. Muevo las piernas.

19:35
Dormí toda la tarde. Alguien a vuelto a poner la otra cama al lado de la mía y sobre ella hay una valija de cuero grande y vieja. Está cerrada. En la manija tiene pegada una etiqueta de embarque de avión, pero desde esta posición no alcanzo a ver la fecha.

Día cinco

03:20
Siento mucho frío en la cabeza, como si tuviese apoyada una bolsa con hielo.

7:20
Una enfermera está parada a los pies de mi cama con un anotador de aluminio. Se acerca y anota unos números que lee en el aparato que se encuentra a mi derecha. Me mira a los ojos durante unos cinco segundos, y cuando parece que va a decirme algo, vuelve a escribir en su anotador.

7:40
Luces que se prenden y se apagan. Estoy casi seguro que estoy internado en un hospital en el campo, en una zona de llanura.

9:00
Escucho una conversación que viene del pasillo al lado de la puerta de mi habitación. Una voz de un hombre viejo explica algo relativo a la evolución de un organismo. Dice que si bien se mantiene inalterable (no sé qué), para mañana se puede esperar una desestabilización… pero que también se puede esperar que siga estable. A los pocos minutos entra un hombre de baja estatura con camisa a rayas. Entrecierra los ojos y sonríe. Tiene dentadura postiza.

Día seis

05:10
Ha cambiado la luz; ahora es más blanca y ya no escucho a los pájaros. Tampoco siento el viento que entraba por la ventana.

Día siete

18:25
Me siento muy tranquilo. Dormí todo el día.

Día ocho

8:05
Podría resumir los sucesos de los últimos días con la imagen de una cara y un saco. Son del hombre gordo que ahora está en la habitación. De pronto se da la vuelta y mira hacia el soporte donde está la radio vieja. Ahora veo que lo que realmente hay ahí no es una radio sino un estante con una pequeña virgen y dos botellas de agua mineral. Siento la boca seca, aunque no tengo sed, ni hambre.

13:00
Dos enfermeros traen un mueble pequeño con ruedas y lo colocan al lado de mi cama.

23:00
Recién me despierto. Después de que se fueron los enfermeros, me levanté de la cama y salí de la habitación. He descubierto que todavía puedo caminar bastante bien y que estoy en una clínica de primer nivel. Conté doce habitaciones, todas idénticas a la mía, ubicadas a los dos lados del pasillo. En cada una de ellas hay un paciente, dormido (o drogado), y los mismos aparatos y muebles que hay en mi habitación. En un momento escuché un ruido y volví a mi habitación. Me metí en la cama, me conecté la sonda y volví a colocarme los parches que tenía pegados en el pecho.

Día nueve

8:00
Me desperté hace una hora. Estoy esperando que no se sientan más ruidos para volver a salir a explorar. Estoy muy ansioso.

12:25
Son las doce y veinticinco. Finalmente hay silencio total. Voy a salir.

Día diez

12:35
Ayer salí fuera del edificio. Llegué al final del pasillo y al cruzar la puerta vaivén me encontré con un hall. Seguramente funciona como recepción y sala de espera. Por supuesto, no había nadie. Por las ventanas entraba la misma luz tenue y blanquecina que había notado en la habitación. Abrí la puerta que daba al exterior y me encontré con una lona blanca que cubría toda la entrada. A unos 30 metros, había tres hombres vestidos con trajes anticontaminación. Pero no tenían colocadas las capuchas en la cabeza sino que las llevaban atadas en la cintura. Estaban sentados en ronda alrededor de unos canastos de plástico de muchos colores; comían sándwiches envueltos en bolsas de polietileno y tomaban agua mineral. Había ambulancias y cuatro o cinco de esos camiones con trailers con puertas y escaleras, todos blancos y sin identificaciones. Supuse que había más gente y que comían dentro de los vehículos. De pronto uno de los que almorzaba afuera me vio y me señaló. Los tres hombres se pararon. El que me había visto le dijo algo a los otros dos y se metió adentro de uno de los trailers. Volví a mi habitación lo más rápido que pude y me metí en la cama. Después de unos minutos escuché que alguien se acercaba a mi puerta y me hice el dormido. Pero nadie entró.

Día quince

9:15
Desde que se fue el hombre gordo, hace cinco o seis días, no he vuelto a recibir visitas. Pero me siento mucho mejor. Tengo muchas ganas de escuchar música, pero sé que es imposible. A veces me despierto y me encuentro esposado a la cama.

15:10
Quiero ser feliz. Nunca lo había puesto así, la sola frase me parecía una estupidez. No recuerdo a casi nadie. Sólo tengo en la mente una imagen no muy definida de una cara por la que sentía afecto. Necesito sentirme feliz, no como fin último, sino porque ese estado me permitiría volver a entender. No encuentro otra forma de decirlo. Estos últimos días hubo una presencia y… no pierdo la esperanza.

Día diecisiete

9:55
No sé dónde estoy. Anoche tuve un sueño erótico. Estaba alojado en un hotel con una mujer-hombre y la puerta de la habitación no se cerraba bien. Tenía que levantarme a cada rato para volver a trabarla. El problema era que había familiares míos y de la mujer-hombre dando vueltas.

11:15
Siento pasos en el pasillo. El amor es una cosa. También escucho voces que vienen de afuera, del jardín, hablan del aire acondicionado. Ahora sé que cuando morimos perdemos esa cosa. Es lo que realmente pasa al morir.

15:00
Deben haberme puesto más droga de lo habitual.

19:10
El efecto de la droga se va yendo. El dolor regresa lentamente, y cada vez es más intenso. A veces empieza con sonidos que creo escuchar a lo lejos, que se van convirtiéndose en puntadas cada vez más agudas y penetrantes.

20:45
El amor no es lo que nos mueve, es lo que nos deja en el lugar.

21:10
Vino una enfermera. Reemplazó un aparato por otro idéntico.

Día dieciocho (último)

5:05
Entró la enfermera y me desperté. Hizo como que revisaba algo de uno de los aparatos nuevos. Fingía.

5:07
Solo viene para eso. Toda la situación me apena.

5:15
Me duele la espalda. Toqué el llamador.

5:20
La enfermera encontró la cabeza de un muñeco entre el colchón y mi espalda. Hace un gesto que no logro comprender y deja la pieza de plástico en mis manos. Sale de la habitación.

5:22
Es la cabeza de un títere de goma. Es un títere de un duende. Tiene la nariz y las orejas puntiagudas, y un agujero en el cuello por donde se puede meter un dedo. Las partes más sobresalientes de la cara están negras, como si trabajara en una mina.

5:24
Pongo el dedo mayor en el agujero del cuello y lo envuelvo con una parte de la sábana como si fuese el vestido.

5:52
El efecto de la droga empieza a irse nuevamente. Siento agua que me corre por dentro de la cabeza, quizá una hemorragia. No querría agonizar durante mucho tiempo. En realidad el muñeco es un títere muerto. Es una cabeza desprendida del cuerpo y con la sábana lo he convertido en fantasma.

5:54
Pierdo fuerza en la mano que sostiene el títere. La cabeza cae, rueda por el suelo y golpea la puerta de la habitación. A los pocos segundos entra la enfermera.

5:55
Ahora dice algo, pero ya no escucho.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Hernán Ruy Lucero (San Miguel de Tucumán, 1979)

Músico y escritor. Ha publicado los fanzines “U.” y “EXPO”, y varios relatos y artículos de arte contemporáneo en distintos medios gráficos y digitales. Es editor de CHARQUI/ediciones y toca la guitarra en Florencia y los monos de la odisea del espacio. Publicó 555 y El futuro en cajas en Gato Gordo Ediciones. Ha escrito numerosos catálogos para muestras. Como artista visual participó de la muestra Hola amor (2011) y en la muestra de arte sonoro Landscape (2016).

Con buen manejo del tiempo y del detalle, Ruy Lucero narra lo asombroso con la misma naturalidad y verosimilitud que Leo Perutz (a quien el presente relato parece homenajear) y otros grandes maestros del fantástico.

 

 
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