Clase media

Relatos australes | Por Melina Leiva

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Una curiosa manía de la infancia se convierte en metáfora de la crueldad innata del ser humano

Siempre pienso en las cosas que cambian y en las que no. Pienso en las mutaciones que vamos sufriendo mientras crecemos y como esa evolución parece natural y pacífica como el curso de un río que sabe el camino. Pero pienso más en las cosas que no se vuelcan a ese transcurso y quedan así, estancadas.
Me ocupo de tratar de entender, por ejemplo, por qué de chica podía dormir en cualquier posición, incluso colgando de la espalda de mi papá, y ahora no puedo cerrar un ojo a menos que esté sobre mi costado derecho; pienso en por qué odiaba la cebolla y ahora soy fanática de la fugazzeta; por qué dejé de comerme las costras de los raspones y todavía no he podido dejar de machacar hormigas.
El tema de las hormigas y los por qué son los que me desvelan de noche, el tratar de encontrar la consistencia que lo une a todo. Siempre es más fácil verlo y entenderlo en los otros. Mi hermano, por ejemplo, cuando mi mamá nos dejó, se comportaba como un salvaje, corría por la casa preocupado exclusivamente en atrapar al gato y tirarlo a la acequia con agua. Pasé semanas intentando que no lo hiciera, hasta que su insistencia pudo más que mi voluntad, primero, y después que la del gato que, semanas después, se dejó tirar mansamente a la acequia y luego al canal. Cuando logró la hazaña un par de veces perdió el interés.
Por eso, trato de acordarme cómo empecé yo a machacar hormigas, (creo que dejaría de hacerlo si encontrara el motivo) pero no puedo recordar la primera vez. Sé que no hubo nada trágico, de chica no metí el pie a un hormiguero, no me atacaron de improviso al costado de la vereda, no vi ninguna hormiga en la ventana el día que mi mamá se fue, no me tragué ninguna por accidente. Cada vez que intento hacer memoria, en cambio, son tres momentos los que me dan vuelta una y otra vez.
El primero es cuando me di cuenta de que mi cosa con las hormigas era algo serio, algo que no soportaba dejar de hacer, un comportamiento obsesivo compulsivo me diría la psicóloga después. Eso fue cuando tenía trece años y mi amiga Alba me invitó a la casa de fin de semana de su abuelo. Era un chalet con pileta en una finca enorme y hermosa. No se parecía en nada a la finca de mi tío, que no tenía pileta y nos bañábamos en el canal. Ésta

finca no tenía yuyos largos ni basura a los alrededores, no había gallinas corriendo libremente, ni chanchos con su olor a la vuelta. Las viñas parecían de almanaque y el pasto tenía el aspecto de recién cortado todo el tiempo. No había mosquitos y los árboles de durazno o damascos no tenían sus frutos pudriéndose a su alrededor.
Estuvimos toda la tarde en la pileta. Me preocupé en comportarme como si ese escenario fuera tan natural para mí como para ellas, como si ese mundo copara mi mundo todos los días. En un momento en que estábamos tiradas en esas enormes reposeras blancas (no me acuerdo cómo les decían) vi una hormiga negra subir lentamente por el brazo de Alba, quise agarrarla, pero la prima de Alba llegó antes con una ridícula hoja verde y en vez de ahogarla la devolvió al pasto, la dejó libre. El calor me invadió tanto que, a pesar de meterme a la pileta, no pude sacármelo. Tuve que caminar disimuladamente hasta encontrar una hormiga, agarrarla entre mis dedos y aplastarla hasta que no fuera otra cosa que polvo negro pegajoso.
El segundo momento fue a los siete, sí, no están ordenados cronológicamente sino en la reiteración en que los pienso. Fue estando con mi amiga María. Vivíamos a tres cuadras la una de la otra, pero en barrios diferentes, con casas diferentes y patios diferentes. Me acuerdo que estaba emocionada. Después de dos años de amistad, una eternidad en la infancia, la mamá de María le había dado permiso para que jugáramos en su casa. Así es, su mamá no le había dejado llevar a ningún amigo del barrio, ni siquiera había podido invitarnos a su cumpleaños. La casa tenía dos pisos, y para ir a su habitación tuvimos que subir las escaleras, siempre me impresionaron las casas con escaleras, como si tuvieran la capacidad de dividir dos mundos, y el acceso al primer piso era el increíble permiso para entrar al alma de la casa. María quería mostrarme algo en su dormitorio, pero cuando entramos mi atención se dispersó por la habitación, por las paredes sin dibujos de la precaria infancia, los peluches ordenados por color y tamaño sobre la cama, la casa de Barbi repleta de muñecas, el escritorio estaba completamente ordenado y los lápices permanecían guardados en sus cajitas metálicas, sí, en las cajitas. Con siete años sentí, por primera vez, vergüenza de mi habitación, no entendía por qué a María le gustaba jugar tanto en mi dormitorio que era un caos constante. Pero María no quería jugar con las barbies, o con los peluches, quería mostrarme lo que tenía en el placard. Sacó una enorme caja de vidrio y la puso frente a mí. Al principio no vi otra cosa que una caja con tierra, y no entendí qué había de emocionante en eso, hasta que miré de cerca y vi las hormigas. Estaba llena de hormigas.
-Es un hormiguero.
-¿Y cómo hacés para sacarlas?
-No las saco, viven ahí.
-Entonces ¿para qué sirve?
-Para mirarlas- María no entendía mi pregunta o le decepcionaba mi poco interés- para saber cómo viven, qué hacen.
Hasta ese momento, lo más divertido para mí era aplastar una hormiga, sacarle el pedacito de hoja que llevaba a cuesta, bloquearle el camino, meter la manguera en el hormiguero…
Pasé los siguientes días pidiéndole a María que sacara su caja de hormigas para mostrársela a los chicos del barrio. Cuando por fin cedió, tardé menos de cinco minutos en meter una manguera sin que me viera. Todavía me acuerdo cómo flotaban y trataban de adherirse inútilmente al vidrio, como el agua se llenó de insectos y bolitas blancas y se rebalsó por todos lados, todavía me acuerdo de esa sensación entre pena parasitaria y placer.
María nunca supo que yo ahogué a sus hormigas, cuando llegó se encontró con su caja de vidrio llena de barro y agua, y yo estaba demasiado lejos de la escena del crimen. Culpó a otro chico que le había dicho que era cruel tener a las hormigas como experimento.
El tercer momento fue hace dos meses, cuando ya creía que eso de machacar hormigas había quedado, justamente, enterrado, después de frenar el impulso por años y años, después de haber optado por la salida higiénica que todos hacen: eso de poner veneno blanco en los hormigueros y mantener la mesada limpia. Pero en los primeros días de septiembre, Carola, amiga del secundario, me invitó a pasar el fin de semana a su nueva casa, a 30 km de la ciudad, en un paraje tranquilo y verde. Acababa de comprar la casa, con una herencia todavía fresca, y ha pasado los últimos cuatro meses refaccionándola. Apenas entré vi como la casa vieja de techos altos, galería interna y patio con fuente propia, pasó a ser una mansión con lujos bien adaptados.
Las paredes recién pintadas combinan con las cortinas, el piso de mármol, los ventanales con sus cristales nuevos, las lámparas de hierro que bajan desde la altura de los techos, las puertas dobles con pestillos ahora de bronce, con la mesada, también de mármol y perfectamente alineada con las ventanas, vacía excepto por su canasta de frutas siempre llena. Cada una de las habitaciones se abre a la luminosidad del patio interno. Hay dos habitaciones para visitas con camas matrimoniales, y una que es estudio que aprovecha la altura absurda de la pared para llenarla de libros. El dormitorio principal, por otro lado, tiene un espejo, más grande que una puerta, con marco dorado y labrado, tiene su baño en suite y su propio cambiador.
Me pasé los tres días recorriendo la casa en silencio, tratando de entender lo que salía de la boca de Carola sobre la concepción que había detrás de cada trama emprendida en la casa. Cada vez que me iba a bañar, no podía dejar de mirar con extrañeza la disposición de las toallas, todas del mismo color, sí… ¿quién compra todas las toallas exactamente del mismo color? No eran blancas, no, porque dan la sensación de hotel y se manchan fácilmente, sino de ese caqui que rebalsa en todos lados. Antes de dormir, me quedaba mirando las puntillas de las cortinas, de las sábanas, el mantelito de la mesa de luz, todo tejido al crochet prolijamente y en perfecta combinación.
Estuve en esa casa tres días como quien habita en otro mundo.
Volví a mi casa después de deambular por un monumento a la paz de tonos monocromático y sencillez cara, y encontré mi espacio lleno de viento zonda. Pude ver el piso, como si lo viera por primera vez, además de sucio, todo marcado y comido por su poca resistencia al uso y al tiempo. Miré las cortinas amarillas, el mantel naranja y
me di cuenta de la poca fluidez que había, el amontonamiento de adornos no traía nada de paz, ni tenían concepto alguno.
Salí a la vereda a fumar, a mirar la misma calle de tierra, del mismo barrio, de la misma casa caliente de techo de madera, de dormitorios de dos por dos y manguera partida en el patio. Me senté en el borde de la vereda y vi una hormiga, la perseguí con el cigarrillo hasta que quedó arrinconada y vi como se achicharraba haciéndose una bolita de afuera hacia adentro. Suspiré lentamente y sentí que empezaba a relajarme. Entonces encontré otra hormiga, y después otra y después otra.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones 

Melina Leiva (San Juan, 1990)

Estudió profesorado en Letras. Desde 2016 es doctorada del CONICET. Publicó por primera vez en una antología de poesías de la provincia Entonces, aquí. 22 poetas de San Juan en el año 2012. En el 2018 publicó su primera novela Horizonte Blanco. En 2019 publicó un libro de poesía Historia de árbol muerto, sirenas y pájaros, junto a las poetas Brenda Andino y Alfia Arredondo. Es cofundadora y editora de la editorial independiente Cordillerana Ediciones.

Cultora de la épica y la fantasía, Leiva también explora los recovecos más oscuros de la mente humana a través de la realidad cotidiana.

 

 

 
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