Como la luna y el sol

Relatos australes | Por Severo Straffeza

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Una historia sobre vínculos familiares dañados nos muestra
que, incluso lo que se cree cerrado para siempre, puede volver

Ariadna ya no recuerda cuándo fue la última vez que Gabriel le trajo los menudos, como los que acaba de hervir y que ahora pica para la chanfaina. Intenta sacar cuentas, aunque en el fondo sólo lo hace para olvidar la tragedia de Leo, el nene de Teresa. Pobre Leo, la misma edad que Joaco y venir a morirse así, tan de repente. Parece mentira que ya no lo escuche más del otro lado de los ligustrines que hacen de medianera entre sus casas. Ni a él ni a Teresa, que sigue estando ahí pero que ahora no quiere saber nada de ella. Todavía no entiende muy bien por qué. Sabe que si estuviera en la fábrica no estaría haciendo esa cuenta inútil. El día libre por desinfección la obligó a quedarse en la casa y la cabeza se le dispara hacia recuerdos dolorosos. Le gustaría cambiarlos por otros más amables aunque siempre terminan asociados a lo mismo. Como el de su changuito, cuando se escurría entre los ligustrines al patio de Teresa para jugar con Leo y su niñera hasta que ella regresaba de la fábrica a buscarlo. Aunque, desde que murió Leo, ya no hay niñera que los cuide. Así que cada paso que da debe pensarlo en función del nene. Más ahora, que Joaco se dedica a jugar solo, habla a cuentagotas y hace preguntas de lo más incómodas. ¿Cuándo va a volver a jugar conmigo, Leo?, dice. ¿Ya no me quiere? Ariadna le contesta como puede. Es consciente de que le llevará tiempo entender que su amiguito ya no está más. La última vez que Joaco se cruzó por entre los ligustrines, le tuvo que pegar un grito para que volviera. Toda esta situación le resulta muy desgastante. Por momentos siente que no puede sola. Pero prefiere eso a contarle a Gabriel. Detesta la mezcla de olor a vino barato con crisantemos resecos, y el gesto de mala gana, con el que pasa a llevarse al nene cada vez que le toca tenerlo. Desde que la municipalidad lo trasladó al cementerio, lo nota más pálido que los muertos que entierra ahí, incluso menos comunicativo. Por suerte, se acerca cada vez menos a la casa. Ariadna hasta agradecería que sólo le pasara la cuota alimentaria y se borrara para siempre. Aunque le duela, tiene que cumplir con lo que dispuso el juez. Se consuela con que hoy tendrá a Joaco con ella todo el día porque lo hizo faltar al jardín de infantes del barrio.
Por unos segundos siente el perfume del jazmín del cabo que rodea los ligustrines, y ahí nomás arruga la cara porque el aroma de las flores se le mezcla con un vaho asqueroso. Ve a Joaco por la puerta entreabierta de la cocina que da al patio, mientras sigue picando los menudos de memoria. El changuito corre con los brazos extendidos, simulando ser un avión. Bacu ladra y mueve la cola. Ella los contempla y el recuerdo de aquel sábado terrible regresa: los ladridos que la sobresaltaron mientras tomaba mate con Teresa, los sacudones convulsivos de Leo con el osito manco apretado en una de sus manos, los ojitos que mutaron a blanco, su remerita roja de Superman manchada con la espuma que le salía por la boca. Teresa que corría en su auxilio mientras ella llamaba al 107.
El vaho que se mezcla con el olor a menudos, la devuelve a la cocina. Se restriega los ojos. Sería un alivio olvidar todo aquello pero ni la distancia entre ella y Teresa ha logrado borrar esos recuerdos. Pasa los menudos a una fuente. Baja el fuego de la olla al mínimo. Vuelve a oler; esta vez levanta la cabeza y rastrea con la nariz buscando el origen de ese olor espantoso. La acerca a la fuente, el olor no sale de ahí. Se arrodilla, huele el resumidero. Abre la puerta del mueble bajo mesada, salen varias moscas. Parece que es ésto, se dice en voz baja, mientras escudriña en el tacho de basura. Levanta con dos dedos los restos de un caracú. Lo vuelve a meter en la bolsa. La saca del tacho, le da dos golpes secos y la anuda. Al incorporarse, ve la estampita del angelito de Villa Unión que tiene pegada a la puerta de la heladera. Un escalofrío le recorre la espalda. Arranca la estampita con violencia y la hace un bollo. Que lo parió, dice, y la mete por una pequeña luz que quedó en la bolsa. Las moscas la siguen hasta la vereda.
Ni bien deja la bolsa al pie del ficus, se topa con las huellas de las ruedas de la ambulancia. Vuelve a sentir el chirrido saliendo a toda velocidad, se imagina haciendo el mismo recorrido que hizo aquella tarde al seguir a la ambulancia en su Renault 12 destartalado. Los semáforos se sucedían y recuerda pasar varios en rojo. Creía que el angelito la protegería de cualquier tragedia. Cuando la ambulancia se le perdió de vista, decidió guiarse por el ulular de la sirena. La escuchaba incluso cuando ya hablaba con la enfermera. Preguntando logró dar con el pasillo de terapia intensiva. Se vio sentada al lado de Teresa, en el momento en que le ofrecía una estampita idéntica a la que acaba de tirar. ¿Cómo pudo haber hecho que se ilusionara de esa manera? Apenas recuerda el olor a desinfectante del hospital, regresa a su cocina.
Prende un espiral, espera le sirva no solo para espantar las moscas, sino como sahumerio que saque la mala onda de la casa. Se enjuaga las manos, antes de encender la radio que está en la mesada. Busca algún programa de música, no encuentra ninguno. A cambio, se da con la voz insufrible de ese locutor que comenta las noticias con un efecto de eco. Decide dejarla, total, ponga lo que ponga en esa radio vieja, va a desvanecerse y volver cuando quiera. La voz del locutor le da la razón: se pierde luego de unos segundos. Golpea el costado de la radio pero no pasa nada. El único que sabe dónde golpearla es Gabriel. A ella también, recuerda, y se toca la cicatriz en el pómulo.
Decide picar las verduras en la mesa, al lado de la cocina. Desde ahí puede vigilar la olla y a Leo al mismo tiempo. Se sienta y toca a Bacu con los pies. El perro ni se mueve. No entiende en qué minuto llegó hasta allí. Se estira un poco para mirar al nene. Le escucha decir algo, aunque no entiende qué. Recuerda el día en que Bacu le robó el osito a Leo y luego se escurrió entre los ligustrines. El osito manco por el que se conocieron cuando Teresa le tocó tres veces el timbre –uno corto y dos largos– para pedirle que se lo devolviera. Santo y seña de ahí en más. Ariadna se seca con el revés de la mano las lágrimas que no logra identificar si brotan de su recuerdo o de la cebolla que ahora pica.
La radio se activa de golpe y ella da un salto: ¡La puta madre!, grita. Bacu pega un ladrido fuerte y corre al patio. En segundos lo tiene a Joaco, parado en la entrada de la cocina, mirándola como un zombie. No pasa nada, papá, le dice, andá a jugar hasta que esté la comida. El changuito da media vuelta sin decir una palabra y regresa al patio. Ariadna piensa que el angelito de Villa Unión la está asustando porque ella arrugó la estampita y la tiro a la basura. Corre la cebolla picada a un costado de la tabla.
Aún se pregunta por qué Teresa dejó de hablarle luego de la muerte de Leo. Asume que fue porque el angelito no le cumplió. Apretala contra el pecho y pedile, le dijo, el día que le dio la estampita. El angelito es muy milagroso, seguro logra que Leo se quede con vos. Vio cómo se iluminaba el rostro de Teresa que hasta ahí no creía en nada ni en nadie. Eso es lo único que quiero, le respondió con voz susurrada, como si temiera despertar a un muerto. Voy a hacer lo imposible para que se quede conmigo para siempre. Ariadna también le contó que el angelito tenía un santuario, que tal vez era buena idea ir.
Teresa aceptó enseguida. Le apretó la mano. Lo recuerda bien porque le hizo doler los dedos. Contame más del angelito, pidió. Ariadna le relató lo que sabe todo el mundo. Aquella noche del setenta y tres un temporal destrozó el cementerio de Villa Unión. Los ladrillos que cubrían el nicho de Miguelito –un nene que al momento de fallecer tenía menos de un año– se rompieron y la tapa del cajón se abrió. Los empleados quedaron sorprendidos al ver el cuerpo intacto. Corrieron para avisarle a la familia. Los padres lo hicieron volver a tapar. Pero sucedió que al día siguiente aparecían los ladrillos esparcidos y el cuerpo descubierto de nuevo. Lo intentaron varias veces con el mismo resultado. Al principio sospecharon que se trataba de profanadores, sin embargo nunca faltó nada. Entonces pensaron que la voluntad del niño era estar destapado. Los padres mandaron hacer algo parecido a un cofre de ladrillos, con tapa de vidrio grueso, para que todo el que quisiese pudiera verlo. La madre ordenaba en unos estantes los juguetes que la gente le dejaba como ofrendas. También empapelaba las paredes del mausoleo con las cartas que le llegaban de todos lados. Los juguetes amanecían desordenados. En el pueblo, empezó a correr la versión de que Miguelito jugaba con ellos por las noches. Al poco tiempo comenzaron a atribuirle milagros. Ariadna temió que Teresa se impresionara con su relato y se arrepintiera, por el contrario, Teresa la escuchó atenta y quiso conocer más detalles. Al sábado siguiente fueron al Santuario sin problemas.
En el panteón, Teresa pasó los dedos sobre las cartas que estaban pegadas en la pared. Gracias por hacerme campeón de judo, leyó con su voz de susurro. Te pido protección para toda mi familia. Gracias por hacer que mi bebé nazca sanito. Ariadna la vio apoyar la mano sobre el vidrio del cofre y susurrar, aún más bajo, algo ininteligible. Después se le humedecieron los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho como abrazando a alguien imaginario. Hizo lugar en una esquina de la pared y pegó la carta con su pedido. También dejó el osito que habían escogido juntas sobre el cofre. Ariadna la abrazó. En ese momento pudo ver la letra temblorosa de la carta de Teresa. Cerraba con un “para que estemos juntos como la luna y el sol” que logró quebrarla. La dejó a solas dentro del mausoleo y se fue a esperarla dentro del auto.
Doñita, doñita, repite el locutor desde la radio que parece volver a cobrar vida. Esta vez Ariadna respira hondo, se activa y comienza a cortar el morrón. Mami, ¿cuándo va a estar la comida?, pregunta Joaco desde el patio. Ya falta poco, le contesta ella, sorprendida de que el changuito haya abierto la boca para preguntar. ¿Querés una galleta?, le grita. Joaco no responde.
El rojo del morrón que pica apurada le recuerda a la remera del mismo color con la que velaron a Leo. La imagen del Superman volando sobre ese pecho minúsculo es algo que no olvidará jamás. Tampoco la cara de Teresa, ella sola metió el cajoncito en el nicho antes de que terminaran de rezar. Gabriel que estaba a unos pasos más atrás, junto a unos baldes de cemento, no dijo nada. Se limitó a esperar, jugaba con los tornillos que iban en la tapa del nicho como si fueran bolitas. Antes de que cerrara el nicho, Teresa le pidió a los pocos que la acompañaban que la dejen unos minutos a solas junto al féretro. Desde lejos Ariadna vio como Gabriel conversaba con Teresa, quizás para consolarla, mientras mezclaba el cemento con la palita.
Ahora es Ariadna quien mezcla el morrón con la cebolla. Se levanta y saca el pan de grasa de la heladera para fritar junto con el aceite, lo huele. El olor a rancio le da arcadas. Tal vez sea la grasa lo que le huele a podrido desde hace rato. Tiene la nariz tan impregnada de olores que desconfía de su propia percepción. Envuelve de nuevo la grasa y la tira a la basura. Busca la botella de aceite en la alacena y se acuerda que las últimas gotas las usó para las torrejas de acelga que comieron hace unos días. Mientras se limpia las manos en el delantal, duda de ir hasta el almacén de la esquina. No quiere dejar al nene solo. ¿Vamos al almacén, Joaco?, le grita. Escucha los ladridos del perro y unas risitas de Joaco que parece divertido con lo que sea que esté haciendo en el patio. ¡Bueno, quedate!, le dice. Le entusiasma la risa y el murmullo del changuito. Hace mucho que no lo escuchaba contento. ¡Voy al almacén y vengo enseguida!, agrega y sale. Al pasar por la vereda de la casa de Teresa, apenas si intenta mirar de reojo. Sabe que la casa está cerrada y las plantas siguen marchitándose en el frente. Sólo alcanza a percibir, de forma difusa por el lateral, algo de ropa que se agita en la soga del patio. Se viene el zonda, murmura y acelera el paso. Antes de llegar al kiosco, se da cuenta de que no está la bicicleta de Gabriel atada en la entrada de la casa de Teresa. Desde hace varios días trabaja en la casa de su vecina, Ariadna no quiere saber ni siquiera en qué. Sólo le interesa tener el contacto mínimo por el nene. Así que se reconforta de que, al menos por hoy, podrá descansar de los ruidos que hace Gabriel al martillar ahí adentro.
Apenas regresa, la recibe Bacu moviendo la cola. Correte, dale, le dice y empuja al perro con la pierna. ¡Ya volví!, grita hacia el patio. Esta esta vez no escucha nada de Joaco. Deja la bolsa en la mesada de la cocina. Prende la hornalla. Echa un chorrito de aceite, tira un cubo generoso de grasa en la sartén aún fría y también echa las verduras. Apaga el espiral y abre la ventana que está arriba de la mesada para ventilar los olores. El vaho a podrido es más fuerte. Joaco, vení para dentro que se viene el zonda y te vas a llenar de tierra, dice ella. El changuito sigue sin contestarle. Que vengas para adentro, te digo, repite y se asoma. No ve más que a Bacu debajo del lapacho. El perro está echado y mira hacia los ligustrines.
El zonda comienza a levantar tierra. ¡Joaco!, vuelve a gritar Ariadna y sale al patio. Afuera el olor a podrido es insoportable. Se pone la mano como visera para atajar el polvo que se arremolina y se le mete en los ojos y la nariz. Mira para todos lados buscando al changuito. Siente un ruido a pasto seco y percibe un movimiento entre los ligustrines. Ve salir de ahí a Joaco con el osito manco. ¿De dónde sacaste eso?, le pregunta. El nene murmura: de la casita de Leo y corre detrás del lapacho antes de que Ariadna pueda arrebatarle el osito. ¡Vení para acá, te digo!, le grita. El changuito se asoma y entre sollozos le dice que no, que le va a quitar el osito. Ariadna resopla. Asoma la cabeza por entre los ligustrines y una ráfaga de viento le da en la cara de lleno. Le da un vahído. Alcanza a ver la remera roja con el Superman en la soga que se bate contra el viento. Cuando logra recuperarse, agarra a Joaco y corre adentro de la casa. Bacu los sigue sin parar de ladrar. Ariadna tiene que hacer fuerza para cerrar la puerta y la ventana que dan al patio. No quiere soltar al nene que llora a los gritos. Aprieta el cuerpito contra ella y siente el olor a carne podrida, impregnado en la ropa del nene. Ve la sombra que se recorta bajo la puerta de entrada. Le tapa la boca al changuito. El chirrido de las verduras rehogándose comienza a inundar la casa. La voz con eco del locutor insoportable, vuelve de golpe y se mezcla con el sonido del timbre: uno corto y dos largos.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Severo Straffeza (La Rioja, 1974)

Licenciado en Publicidad. Trabajó en agencias de Argentina y Chile. Ha obtenido premios en publicidad y literatura. En 2011 ganó la Beca del Fondo Nacional de las Artes, que le permitió continuar con su formación en narrativa, con el escritor Leopoldo Brizuela. Participó de varios talleres literarios como el de la Maumy González y Arturo Carrera. Ha publicado en diversas antologías y medios gráficos y digitales.

Su obra oscila entre el grotesco, el horror y el policial negro con guiños humorísticos a la vida de provincia.


 

 
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