La morgue

Relatos Australes | Por Sergio A. Iturbe

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Una historia de infidelidad en un contexto macabro y un robot flojo de
papeles en lo que hace a delitos contra la integridad sexual ¿Qué más puede pedirse?


La gente habla de la insensibilidad de los médicos, nos llama carniceros, sepultureros, sádicos, violadores de anestesiados.
La vida moderna se ha encargado de tapiar la muerte mediante pedantes casas de sepelios, autos encerados, pastos verdes, flores pestilentes.
Cuando la muerte no era parte de mi oficio, cuando no había desvestido este concepto, viajaba en un Mercedes negro de la pompa, viendo los álamos que corrían al costado de la ruta. Un policía que nos detenía para que encendiéramos las luces de posición, el horror que significó comunicarles que éramos parte de la procesión. Sigan, sigan, disculpen, qué desconsideración, no respetan ni a los muertos.
La misma percepción del tiempo se anula, todo ese día, el velar los restos, contrastar las cruces con las conversaciones heréticas, el café aguado, azucarado, la cama de rigor, las miradas que dirigían los asistentes hacia los más allegados. Terminadas las exequias, no se puede más que denostar la insensibilidad del mundo que, aparentemente, sigue su curso.
Ahora que lo recuerdo, no puedo más que situarlo en un lugar onírico, presente constantemente. Cuando recuerdo a mi abuelo, por ejemplo, no tarda en llegar la imagen de su cara maquillada, sus labios pegados con un poderoso adhesivo de contacto. Parece dormido, sí. Si se lo pusiera en el cajón como viene, con los ojos abiertos, el maxilar gigantescamente extendido, las mejillas amoratadas del lado en que se dio la cabeza al caer después del paro cardiorrespiratorio habría que ver si parece dormido. Nada más lejos.
Nosotros, los forenses, sabemos cómo es la muerte sin sordina. Eso te lo puedo decir.
Al igual que los médicos deciden cuándo se muere, nosotros decidimos cómo. Y no es un decir.
Cuando me nombraron Director de la Morgue Judicial, todavía no había desempeñado ningún cargo vinculado a la medicina forense, aunque los cadáveres ya eran percibidos por mí como muñecos, los mismos que utilizábamos en las prácticas en la Facultad de Medicina.
Para sentirme el responsable de todo eso, de todas esas camillas de acero inoxidable, de los piletones atestados de cuerpos grises, de las heladeras de nitrógeno líquido, tuve que tomar las llaves, comprar mi capuchino de rigor y mis tres medialunas saladas y encerrarme acompañado del ruido de los tubos fluorescentes, que es una clase de silencio.
Cerré con llave, bajé las escaleras que se encontraban inmediatamente cruzaba la puerta de entrada –porque las morgues se encuentran, por lo general, en los subsuelos, y, muchas veces, sobre Neonatología-, y me ubiqué en mi despacho, apoyando primero el vaso y después las medialunas. Di la vuelta al escritorio, que guardaba un lógico parentesco con las camillas, y me senté a desayunar. Desde ese lugar, mientras tragaba la espuma de mi capuchino, se podía ver una interminable fila de camillas atornilladas al piso. La camilla que más cerca estaba de mi escritorio era la que sostenía la amoladora, la cortadora, el separador muscular, los bisturís. Todos estos elementos estaban investidos de una deliberada falta de higiene, por lo que algunos instrumentos conservaban sangre y pelos de diversos colores y formas. Recordé un consejo de mi abuelo, que nunca pude ejercitar, de guardar la navaja con sangre. En este momento veo la sonrisa de conmiseración que me devolvió por toda respuesta cuando le pregunté cómo hacía si la sangre no salía naturalmente.
Las tareas eran más bien rutinarias, dentro de las actividades relativamente exóticas que representaba la profesión para el común de los mortales.
Quizá lo único que nos pesaba, a mí y a los forenses a mi cargo, era la identificación de cadáveres. Más que la identificación eran las reacciones de los familiares ante el espectáculo de la mutilación de un niño, la violación de un bebé, entre otros sucesos menos felices.
La rutina del reconocimiento de cadáveres era un ritual, más que una rutina. En una habitación apartada del resto de los cuerpos, camillas y piletones, alguno de los médicos de la morgue llevaba a los familiares, corría la sábana hasta debajo del cuello, sin hacer ninguna mueca, a lo que luego se pasaba a cerrar la puerta, dejándolos solos. Los que identificaban afirmativamente los cadáveres, se quedaban un tiempo prudencial, chillando, desgarrándose, convulsionando, vomitando. El tiempo terminaba cuando no se escuchaba nada más desde afuera. Por lo general, cuando entrábamos, habían dos cuerpos: un cadáver en la camilla y un desvanecido en el piso.
Cuando va a pasar algo, siempre siento algo al salir de mi casa, en el momento en que huelo el aire, a la intemperie. Ese día no sentí nada.
Al llegar al trabajo, con mi capuchino y mis tres medialunas, me encontré con un señor que tendría unos treinta y cinco años. Me pidió, casi de rodillas, entrar para identificar un cuerpo. Casi me tira el café a la mierda. Hacía dos semanas que no encontraba a su mujer, y las características del cuerpo que había entrado de madrugada eran similares a las del cuerpo que buscaba. Le dije que se tranquilizara, que tenía que llenar unos formularios antes que se hiciera nada. Cada día había que contar los cadáveres, archivar los papeles de los identificados, agregar los NN de la madrugada. Eso no se lo dije, claro.
Con mi secretario, que también era forense como todos los que estábamos ahí, dispusimos el cadáver en el centro de la habitación de reconocimiento. El cadáver estaba realmente deteriorado, ya que lo habían encontrado en la rivera de un río. Una de las piernas, aunque conservaba una forma medianamente femenina, estaba prácticamente descarnada. El olor era insoportable.
Lo hicimos entrar.
Corrí la sábana.
Cerré la puerta.
No escuché nada, salvo un gemido.
Llegó una mujer, en el momento que iba a entrar en la habitación a sacar al hombre. En el momento en que agarraba el picaporte. Mi marido, me dice. Qué marido, le digo. Mi marido, me dijeron que estaba acá. Espere un momento, ya le digo.
Entro en la habitación, veo esta situación que el aire de la mañana no había previsto.
Disculpe, ya sale, le digo.
¿Qué hace ahí?, me pregunta.
Despidiéndose, respondo.
¿Despidiéndose?, me frunce el ceño. ¿De quién?
Sí, despidiéndose, respondo, y hago las comillas con las manos. A la segunda pregunta no la contesto intencionalmente porque intuyo que la mujer ya sabe todo o se lo imagina. Le alcanzo un café y le pregunto el nombre, casi naturalmente, para hacer tiempo.

Rotech X5

No fue como siempre, saliendo del banco o de alguna empresa multinacional. No. Fue en un lugar cotidiano y falto de todo romanticismo, se podría decir hasta patético: en la División Estatal de Alimentación.
Salía con sus dos carmatics manejados por un solo control sincronizado con los dos aparatos. En uno venían los óvulos no fecundados de aves de corral y, en el otro, las verduras deshidratadas.
Está bien que los e-cops no le dieron tiempo de reconfigurar el trayecto y desacoplarlo de su cuerpo, pero –extrañamente– el control remoto cayó encima de los óvulos, lo que generó que ambos carmatics terminaran sincronizados consigo mismos y que, eventualmente, finalizaran como un residuo electrónico más de los que flotan en la alcantarilla de Métrox. Los pedazos de los aparatos, desprovistos de su funcionalidad, se esparcieron en minúsculas partes por toda la entrada del establecimiento.
Hay que decir que no fueron originales en la forma de trasladarlo: los e-cops se lo llevaron en los típicos copjets federales. La nave celular, lejos de permitir que el cautivo se moviera, disponía de los Ergonomix, unos dispositivos de pacificación de presos que no dejan siquiera fruncir el ceño o hacer una mueca de desagrado.

Cuando llegaron al Centro de Detención, no es que el cautivo se sorprendió de las inmensas proporciones de acero blindado de que estaba hecho el edificio, sino que más bien miró con apatía el piso como si fuera un Establecimiento Electrónico de Educación, y casi que previó que el Rotech X5 lo inmovilizara en la mesa de cirugía en la que se transformaba cuando el paciente se dormía. Unos dispositivos laterales se desplegan y, ayudados por el tiopental sódico y algo de bromuro de pancuronio, lo reducen a una masa inmóvil, pero consciente.
–No hace falta que te pregunte nada. Hablá –dice uno de los dos agentes. Hay uno a cada lado de la camilla.
–No siento el cuerpo, esta vez parece que se pasaron. Me deberían haber interrogado durante lo que duraba el efecto –dice el cautivo, un poco confundido.
–Tus respuestas han estado al borde de la metáfora y queremos respuestas concretas –dice el que no había dicho nada.
–El lenguaje es metáfora: ustedes son doctores en Biogenética Artificial como yo y deberían saberlo. La manipulación de la información para construir Inteligencia Artificial no es otra cosa que lograr la captación de una lengua con toda su semántica potencial, que es la otra cara de la empatía –el recluso habla maquinalmente, como si lo estuviera diciendo de memoria.
–No nos subestimes. Tenemos información clasificada que sugiere que estos robots funcionan como devastadores orgánicos. Con la explosión de uno solo, todo residuo de vida o de cosa que haya tenido vida alguna vez se reduciría a la mismísima nada.
–No pueden hacerles hacer nada para lo que no hayan sido diseñados, salvo por lo del lenguaje. Pueden aprender no sólo de sus errores, sino sobre todo de los errores de los demás. En eso sí se diferencian de ustedes.
–Ahora los subestimás a ellos –dice el primero con reticencia y un poco molesto por lo que sugiere.
–Me parece que son ustedes los que los están subestimando. Conozco a Rotech X5. Yo lo programé. Su inteligencia artificial, o lo que se llama Semántica Analítica Incorporada, es lo que los hace así. Las leyes de la robótica son un juego de niños para ellos. Estamos en la era cuántica, no lo olviden.
–Precisa-mente –dice uno de ellos, dando la vuelta y mirando por la ventana–. Ese modelo tiene un detalle. Quiero saber cómo se desprograma. La convivencia pacífica con robots humanos ha sido catastrófica, con consecuencias dignas de Sodoma. Los de Derechos Artificiales nos tienen contra la pared. Y no es un decir. Los delitos sexuales no se aplican a robots, pero están a punto de hacer una salvedad. Y si se aplica, tu proyecto tan premiado se esfumaría así –y tronó los dedos delante de su propia cara.
–Su diseño no se basa más que en afecciones positivas. La negación no existe en esta tecnología. Ni el mal. Hay veces que los robots son diseñados con ciertos defectos para confundir y desviar la atención…
–Ése es el problema –dice uno de los agentes.
–Ése no es un problema –dice el preso–. El problema es que hace cuatro modelos sucesivos que estos robots pueden duplicarse a sí mismos y hasta mejorarse. Es casi una emulación del aprendizaje genético. Un reflejo azulado destella en la retina del preso.
Los agentes federales, como si se hubieran olvidado de hacer algo muy importante, se apuran a salir ingenuamente del Establecimiento de Interrogación, que es el eufemismo para Centro Clandestino de Detención, y ni siquiera se quedan a mirar. Se escucha un portón gigante que se cierra y la camilla se incorpora en sus miembros posteriores, en lo que antes eran las patas. Rotech X5 se acerca y le extiende una extremidad que en realidad es una Pantalla Incorpórea. Lo hace de una forma tan servil que le daría lástima a un humano.
–Ahora viene la mejor parte –dice, y toca un ícono que representa un ojo con destellos que salen de la pupila, enmarcado en un triángulo invertido. Es el Dispositivo de Reconocimiento Biométrico. Una luz enceguecedora escanea su cara y se detiene. Suena una chicharra ultrasónica y todo se vuelve de un color rojizo–. Hablá –dice el científico, con una voz que ahora suena metálicamente artificial.
–Buenas tardes, Rotech X1 –le dice la camilla al científico al momento de incorporarse. Queda uno al lado del otro–. Identidad cibernética comprobada. Iniciando Protocolo de Desintegración Molecular Orgánica. Finalización en tres, dos, uno… –se incorpora de nuevo y, desde lejos, las cámaras no pueden diferenciar a uno del otro.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Sergio A. Iturbe (Córdoba, 1984)

Estudió Filosofía y Letras Modernas en La Universidad Nacional de Córdoba. Se desempeña como asesor teórico de tesis de grado y posgrado, corrector de estilo en diversas editoriales y traductor de textos académicos. Publicó en diversos medios y antologías nacionales e internacionales, como ser Pelos de Punta (Buenos Aires), Plexocuentos (Chile), Necrópolis (Córdoba), Áporo (Brasil). Actualmente está escribiendo su primera novela.

El humor negro y urticante, junto con la fascinación por los entresijos del poder se mezclan con cierta melancolía existencial en los relatos de Iturbe, que nunca se pueden soltar hasta el final.
 

 

 
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