Cumpleaños feliz

Relatos australes | Por Natalia Rozenblum

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Contundente en su desencanto, esta es una historia sobre
lo que ocurre tras las pupilas cansadas de una mujer
a la vuelta de los años

 

La abuela baila borracha y los nietos la miran y se ríen. La abuela no mueve los pies pero mueve mucho las manos y cada tanto se toma los fonditos de los vasos que están en la mesa, y acomoda las cosas, pone los cuchillos con filo juntos, los sin filo del otro lado, los tenedores en un tercer grupo. Evita mirar a Aldo que quedó sentado ahí, lejos de sus nueras que se muestran cosas desde el celular. Los dos hijos de la abuela y de Aldo están en el sillón. A ninguno, ni a ellos ni a Aldo, les gusta bailar como a ella. A la abuela le encanta bailar aunque no suele hacerlo, y menos en público. Pero esta vez baila y mueve mucho las manos y sus pulseras suenan como un sonajero. Se ríe imaginando que tal vez no falte tanto para que su mundo se llene de cosas infantiles: pañales, gente que le hable despacio para que escuche, o que la saque a pasear. Y pensar que ella alguna vez fue grande pero no vieja. Eso la deprime un poco, pero no tanto como tener a sus seis nietos haciendo una ronda a su alrededor. Ladea la cabeza de un lado a otro, sonríe y cuando cruza una mirada con su marido, la sonrisa se le borra. Lo ve chasquear los dedos, tirarle un beso en el aire, y repetir el gesto hasta que ella entiende que tiene que imitarlo e imita lo de los dedos, lo del beso se lo reserva. Una de las nietas, doce recién cumplidos, rompe la ronda y desaparece por el pasillo. Ella quiere ir detrás, pero Aldo le gana de mano, se para y camina en la misma dirección. La abuela lo mira y siente la panza dura como cuando estuvo embarazada. Se acerca a la mesa y agarra un vaso con una medida de whisky, lo toma despacio, prefiere sentir el dolor en la garganta. Cuando se vayan todos, piensa, pero uno de los nietos la interrumpe y le empieza a hablar, y aunque ella escucha se hace la sorda para no tener que seguir la conversación y poder estar atenta. Eso es lo que necesita: claridad, decisión, tranquilidad que siente cuando enseguida ve volver a la nieta dando saltitos. La nena se le acerca y la abuela le acaricia la cara y después la mira fijo a los ojos intentando descubrir algo, la mira con sus propios ojos borrachos y ya quisiera ella olvidarse de cosas por la edad o por la borrachera, pero lo único que logra es recordar la respiración agitada de su marido en la habitación donde anoche dormía su nieta.

Alguien baja la música, uno de los hijos de la abuela borracha dice que quiere ver un partido. ¿En un cumpleaños?, le pregunta su esposa y el hijo responde cambiando de canal. Entonces la abuela y la nuera empiezan a levantar las cosas para servir lo dulce; la otra nuera se acomodó en el sillón y parece que no va a colaborar. Aldo vuelve por el pasillo y ofrece ayuda. Agarra los vasos, pero la abuela le dice que no, que los deje. Lo dice como puede porque se da cuenta de que el alcohol le enredó el habla y no quiere que la manden a acostar, todavía hay mucho para hacer. Llevan las bandejas con restos de comida y los platos a la cocina, y la abuela piensa que mejor disimular un poquito y agarra una miga de pan que quedó por ahí, limpia un plato con la miga y se la come. El gusto grasoso de la piel del pollo deja una película adentro de su boca y tiene que tomar algo. Sabe que debería tomar un poco de agua, pero también sabe que si se corta el efecto del alcohol, si no cuenta con ese auxilio, entonces no se va a animar. Y ella no puede permitirse tal cosa. La nuera agarra los tenedores y las servilletas sucias, Aldo agarra los cuchillos con filo y la abuela le dice que ella los lleva. Él se niega, te podés lastimar, le dice. La abuela lleva los que no tienen filo, como si no hubiera sido ella la que se pasó horas cortando verduras para poner al horno y deshuesando los pollos.

Saca la torta de la heladera, le pone las velitas. Son un cinco y un dos en fucsia brillante, un poco de los brillos cae sobre la crema y ella pasa el dedo para que no se note, y después tiene que volver a pasarlo para emparejar. Sale de la cocina con las velas prendidas, todos empiezan a cantar el feliz cumpleaños, alguien quiere bajar el volumen de la tele pero lo sube, la abuela camina despacio, está un poco mareada, y llega hasta el sillón. El hijo mayor cierra los ojos para pedir los deseos, los abre y antes de que pueda soplar, las velas se apagan. Fuiste vos, grita uno de los nietos de la abuela, no, fuiste vos. Todos se echan la culpa, la abuela pone la torta en la mesa y va a buscar un cuchillo para cortarla. Abre el cajón y agarra uno común, pero se arrepiente, mejor uno más grande, lo saca, lo empuña, hace un movimiento en el aire. Demasiado grande, dice Aldo que entra y la sorprende. Ella lo mira y le parece que lleva el pelo un poco mojado, como ayer a la noche cuando volvió de la habitación de la nieta, las imágenes se le confunden y se pregunta cuánta fuerza tendrán todavía esos brazos flojos, cuánto tardará en atravesar el pecho y la panza maciza el filo del cuchillo. Aldo agarra uno más chico, yo me ocupo, dice, y sale. La abuela borracha se sienta en la cocina todavía con el arma en una mano y cuando alguien amaga a entrar, la esconde detrás suyo, contra el respaldo de la silla. La cabeza le da vueltas, mira hacia el comedor, las porciones de torta van de un lado a otro. Cuando se vayan todos, piensa.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones 

Natalia Rozenblum (Buenos Aires, 1984)

Escritora, tallerista y librera. Publicó Los enfermos (Alto Pogo 2016). Su próxima novela, Baño de damas (Tusquets, 2020), se presentará en breve.

Autora revelación 2016, trabaja de forma muy interesante los vínculos afectivos entre los seres humanos –o de éstos con la muerte– y no teme aventurarse en temas difíciles de narrar como el suicidio en la familia o el sexo en la tercera edad. Rozenblum maneja los tiempos, los tonos y el ritmo de su escritura para construir una atmósfera agobiante, pero que al mismo tiempo atrapa.

 

 

 
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